Obras para el deleite

Obras para el deleite

Hablo de obras musicales excepcionales. Hablo de las obras musicales TOP en este planeta. Composiciones que habría que escuchar, por lo menos una vez, antes de morir.

Las mejores sinfonías de la mano de nuestro Director y amigo: Hector

 

Sinfonía nº 9 en Re menor, Opus 125, de Ludwig van Beethowen

La música de Beethoven, responde a los sucesos desde la toma de la Bastilla al “18 de Brumario” tomando conciencia de que existe un antes y un después en la historia tras esos años.  Las batallas de Marengo, de Austerlitz y otras tienen respuesta en las composiciones de Beethoven con prontitud, certeza y decisión. Es un esfuerzo colosal, ya que desde Viena la sombra del clasicismo es muy intensa, con Haynd y Mozart! Beethoven es un coloso que dialoga de igual a igual con el “dueño del mundo”, que es Napoleón; y lo hace convencido que sólo la parte sensible del ser humano, expresada en la música, puede vencer al poder absoluto expresado en los cañones de los campos de batalla. Le desilusiona sobre todo que sus coetáneos no sepan muy bien cuál es el orden eterno de las cosas; que se hayan dejado atrapar por el estremecimiento supremo del miedo tras unos años en los que vivieron el desencadenamiento de una fuerza de naturaleza sin igual, como la de Napoleón. Antes de entregarse a la expiación de su alma componiendo los últimos cuartetos de cuerda, ofrecerá una música para Europa, la Novena Sinfonía, se sacrificó para que se entendiera lo que podía ser el futuro, y lo que no debía ser. Al final, el canto de la alegría es la música que mejor expresa nuestras esperanzas, advierte de los caminos equivocados, llama al destino y nos ilumina. Hay que escuchar la Novena Sinfonía antes de tomar decisiones. ¿Cómo me gustaría que los que dirigen Europa decidieran sobre las crisis, sean de economía, de convivencia, de identidad, de la paz; después de asistir a un concierto de la Novena Sinfonía. Esta gente está tomando decisiones al ritmo del pop y del rap, cuando no de “la voz”, y así nos va. Necesitamos educarnos en “este“ Beethoven. ¡Y pronto!

 

Sinfonías N°39 en mi bemol mayor K.543

N°40 en sol menor KV.550

y N° 41 en do mayor K.551 "Júpiter" de Wolfgang Amadeus Mozart

Determinar como mejor o peor una obra del genio del Clasicismo como Wolfgang Amadeus Mozart es casi una falta de respeto a su memoria. Todas sus Sinfonías tienen un aditamento más para apreciarlas y gozarlas. Por otra parte la calificación como es muy subjetiva corre por cuenta del oyente. Sin embargo, podriamos decir, que quizás la que podría ser mejor estructurada y que refleja la identidad del compositor sea la Sinfonía N°40 en sol menor KV.550 del 25 de julio de 1788, aunque se considera ésta junto con la N°39 en mi bemol mayor K.543 y la N° 41 en do mayor K.551 "Júpiter", definidas como un conjunto, no separadas y como obras maestras consideradas como si fueran tres movimientos de una sola e inmensa pieza sinfónica, con una gran variedad de lenguajes musicales. Como curiosidad la N°40 fué compuesta en un solo mes y su premura lo fué por la crisis económica que padecía el compositor. Para un experto las tres son un todo que refleja la madurez, exquisited y fuerza indomable de Mozart, pero para el oyente, que gusta del placer de la musica, estas tres piezas hacen que todos sus minutos, sean un extasis del "gusto" en los oidos.

 

Sinfonia nº 9 en mi menor, Opus 95 (Sinfonía del Nuevo Mundo) de Antonín Dvorák

Todo un homenaje a una nación y una cultura norteamericana lo que el compositor checo estrenó en Nueva York: una de las sinfonías cumbre del Romanticismo. De una sonoridad exótica, con la Sinfonía del Nuevo Mundo, Dvořák consiguió aunar la teoría y el contrapunto de la música occidental con las influencias de una cultura tan extraña como desconocida. Compuesta para una orquesta romántica reducida, tiene una duración de unos 40 minutos.

Concebida por encargo de la Filarmónica de Nueva York como una obra colosal que emparentara el estilo europeo con los que debían constituir el nuevo estilo nacional yankee, en tan solo cinco meses, desde Enero a Mayo de 1893, su Novena Sinfonía había sido terminada con el sobrenombre “Desde el Nuevo Mundo“,  estrenándose en Diciembre de ese mismo año en el Carnegie Hall, y convirtiéndose en un éxito de público y crítica.

La rapidez de composición de la sinfonía se debió a que Dvořák utilizó temas que ya había concebido anteriormente, temas originales a los que añadió las particularidades propias de los negro spirituals y de la música folclórica india. Así para el segundo y tercer movimiento,  Dvořák  utilizó los apuntes e ideas musicales que tenía sobre otra obra original mayor e inconclusa sobre el poema épico la “Canción de Hiawatha”, del poeta estadounidense Henry W. Longfellow, que cuenta la historia de un indio llamado Hiawatha y su amada Minnehaha, por lo que el autor buscó revestir contextualmente a la obra de los elementos propios de esta cultura.

 

Sinfonía nº 2 (Resurrección) de Gustav Mahler

Segunda sinfonía de Gustav Mahler, una obra para la cual sinceramente no se puede tener objetividad, los sentimientos siempre ahogan los raciocinios, es una de las obras favoritas, un Top 5. Desde el principio, parece ser obvio a los oídos: en las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de casi todos los grandes maestros, desde el riguroso contrapunto de Bach, la edificación de Beethoven y Brahms, así como de Liszt, Wagner y Bruckner. Mahler reúne todos los recursos musicales y no musicales en un crisol único, mezclando la música coral y vocal en la estructura de sus sinfonías de forma similar a Beethoven con su Novena, planteando un mensaje integrado, musical y dramático, como el que Wagner perseguía en sus dramas musicales.

Pero dos cosas definen la expresión malheriana: primero, como siempre, partiendo de Bach, Mahler fue en su música un maestro del contrapunto; y segundo: para él la paleta orquestal era una herramienta multiforme destinada obtener la mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales y acentos expresivos.

Mahler estampó su pensamiento en la célebre frase «para mí, componer una sinfonía equivale a un acto de creación del mundo».

 

Sinfonía nº 3 en Fa mayor, Opus 90 (también llamada "Heróica") de Johannes Brahms

Hans Richter, que en Viena, llamó a la sinfonía “Heroica”, pero tanto por su contenido como por su estructura no tiene nada que ver con la homónima de Beethoven: es la sinfonía más corta de Brahms y sus secciones en los tres movimientos en forma de sonata son muy breves. Pero a pesar de su brevedad es una de sus obras armónica y melódicamente más ricas: las exposiciones de los temas y las recapitulaciones son expansivas y llenas de ideas memorables, mientras que la unidad interna entre los diferentes movimientos queda garantizada por el desarrollo de elementos procedentes del movimiento lento en el final, y la utilización de una particula o “motto”, típica de Brahms (FA-LA-FA, F-A-F en notación), que dicen que el compositor asociaba a su lema vital “frei aber froh” (libre pero feliz).

 

Sinfonía nº 3 en Mi bemol, Opus 97 (Renana) de Robert Schumann

La muerte, en un hospital psiquiátrico cercano a Bonn, del pobre Robert Schumann, a los cuarenta y seis años, truncó prematuramente la carrera de un compositor, cuya música nos sigue emocionando siglo y medio después. Para quienes no conozan la zona, les diré que Bonn, Colonia y Düsseldorf son ciudades muy cercanas, a la orilla del Rhin. En Düsseldorf vivía, desde 1850, el matrimonio Schumann. Conociendo los bellos paisajes de esta comarca y la prestancia de la elegante y animada ciudad de Düsseldorf, se comprende que la inestable personalidad del músico conociese un periodo de placidez y alegría, que se tradujo en su Tercera Sinfonía Renana, compuesta en poco más de un mes, durante el otoño del mismo año de su llegada. Pero, además de los viñedos, castillos y bosques que hermosean las riberas del Rhin, la catedral de Colonia impactó profundamente la sensibilidad del músico; la visitó con motivo de la entronización de un cardenal, y debió sentirse entusiamado por los fastos de la liturgia bajo aquellas altísimas bóvedas, que parecen ascender hasta el cielo, empujadas, más que sostenidas, por las gráciles pilastras. Como recuerdo, insertó en el cuarto movimiento de su Sinfonía nº 3 una solemne evocación, de aquel espectacular evento, con brillantes intervenciones de los metales.

 

Sinfonía nº 5 en Mi menor, Opus 64 (La Fuerza del Destino) de Piotr Illich Tchaicovsky

Esta sinfonía se estrenó en San Petersburgo el 6 de noviembre de 1888, bajo la dirección del compositor. Once años habían pasado ya desde su Sinfonía N°. 4 en Fa menor, Op. 36, su desastroso matrimonio con Antonina Ivanovna Miliukova, la patética tentativa de suicidio en las heladas aguas del Río Neva y la subsiguiente huida a Suiza. Había sido un período de escasa producción artística, aunque sí de seguridad material gracias al mecenato de Nadezhda von Meck. En marzo del 87 el compositor se sintió lo suficientemente seguro de sí mismo como para empezar a hablar de una tournée de conciertos. "Mis nervios se han fortalecido notablemente, y algunas cosas que hasta hace poco parecían absolutamente imposibles están comenzando a tomar visos de realidad".

Hacia fines de ese mismo año, Tchaikovsky inició la primera etapa de su viaje: la conquista de Alemania, con visitas a Leipzig, Hamburgo y Berlín. Esas ciudades, igual que Praga y Londres, lo recibieron con cálido entusiasmo. Sin embargo, y a pesar de las aclamaciones de su público, cuando el compositor regresó a su país natal en marzo del año siguiente, le costó un enorme esfuerzo reanudar su labor creativa. "Mi inspiración flaquea" —confesaba amargamente a su hermano, mientras se dedicaba a buscar material para una nueva sinfonía—. Esta, la Sinfonía N°. 5 en mi menor, Op. 64 fue escrita entre los meses de junio y agosto. Pero Tchaikovsky, tomando la ovación que coronó su estreno como simple reconocimiento de méritos pasados, se sentía profundamente insatisfecho con su última 5ª Sinfonía. "Hay en ella algo falso —escribía a Nadezhda von Meck—, una chatura y falta de sinceridad que repelen y que el público no puede dejar de percibir. ¿Habré agotado definitivamente mi capacidad creadora?". Que sus temores eran infundados nos lo habrían de demostrar más tarde los ballets La bella durmiente y Cascanueces, la ópera La dama de Pique y la Sinfonía Nº. 6 en si menor, Patética, Op. 74. Con el tiempo Tchaikovsky se reconcilió un poco con su Quinta Sinfonía, aunque siempre la juzgó muy inferior a la Cuarta.

Ambas sinfonías tienen un elemento en común: el leitmotiv que representa el inevitable poder del Destino. Y la Quinta contiene en si misma la belleza incalculable de su música y la tristeza de sus amargas vivencias e inseguridades.

No obstante, como dato, es el compositor más interpretado y escuchado de todos los tiempos.

 

Sinfonía nº 2 en Mi menor, Opus 9 (Antar) de Nicolay Rimsky-Korsakov

Nunca he podido comprender por qué su Sinfonía Nº 2 Op 9, ‘Antar’, que en realidad no es una sinfonía, sino una suite sinfónica al estilo de ‘Sheherazade', es tan poco popular en comparación con esta última. Basada también en un cuento árabe, recogido por Sennkowsky, goza de las mismas cualidades seductoras de aquella.
La historia cuenta que Antar se ha retirado al desierto, decepcionado y hastiado del género humano. Un día ve aparecer una hermosa gacela. Cuando está a punto de disparar sobre ella con su arco aparece en el cielo un gigantesco pájaro que se abalanza sobre la misma. Antar dirige entonces su disparo hacia la monstruosa ave, que huye herida. Y en ese momento la gacela se transforma y revela su verdadera identidad, que no es otra que la del hada Gul-Nazar, reina de Palmyra, que transporta a Antar a su palacio y, agradecida, le promete el disfrute de los tres grandes placeres de la vida: venganza, poder y amor. Después de un largo período de felicidad juntos, el hada percibe que Antar se está empezando a cansar de ella. Entonces lo abraza y el fuego de su pasión consume el corazón de Antar, que muere en sus brazos. La obra está dominada por dos temas principales, el de Antar, que se oye al comienzo en las violas y maderas, y el del hada, una deliciosa melodía tocada por las flautas y las trompas. La suite se compone de 4 partes. En la primera se describe el desierto y el episodio de la salvación de la gacela. La segunda, un allegro, describe el placer de la venganza. La tercera, una marcha oriental, describe el placer del poder. La cuarta, un andante, describe los placeres del amor. Debussy se entusiasmó con esta obra cuando la descubrió. Ojalá les entusiasme también a Vds.

 

Sinfonía nº 2 en Si menor, de Aleksandr Borodín

La Segunda Sinfonía en si menor de Borodin — a veces titulada como Épica — fue compuesta a trompicones. La obra obtuvo un sonado fracaso durante su estreno y ello fue posiblemente debido a su pesada orquestación. Borodin revisó la misma entre 1878 y 1879 con la ayuda de Rimski-Korsakov — uno de los mejores orquestadores del momento — y el resultado final fue una sinfonía mucho más equilibrada en los distintos planos sonoros. Según palabras del propio Borodin, la obra está inspirada en la época medieval rusa y el Andante es una escenificación del legendario bardo ruso Bayan.Borodín poseía grandes facultades, y es una lástima que su filantropía y su vida bohemia no le permitieran explotarlas mejor. De "Los Cinco", llamados también "El Gran Puñado", compositores rusos que se unieron por la idea de componer música al estilo ruso y no dejarse linfluenciar por el modelo europeo, Borodín, fue al único al que le atrajo la música «pura» en sus dos cuartetos, sus tres sinfonías. La primera, de una elegancia aristocrática como todo cuanto tocó este descendiente de reyes caucasianos, se abandona aún un poco a las frivolidades de un Mendelssohn. La segunda, viril y amplia, mucho más «rusa», es la más bonita. Lo que conocemos de la tercera no augura inferiores méritos, pero quedó inconclusa. De su grupo, Borodín es asimismo el más natural y poéticamente melodista.

 

Sinfonía nº 8 en Do menor, de Anton Bruckner

 Comenzada en 1884, inmediatamente después de terminar su 7º sinfonía y tras la euforia de su éxito, la Sinfonía n.º 8 en do menor tendrá una historia difícil. Terminada en un principio en 1887, pero rechazada por Hermann Levi, quien tuvo un papel determinante en el triunfo de la séptima y que al no comprender la nueva obra estuvo a punto de llevar a Bruckner, raramente tan satisfecho consigo mismo, al suicidio. De tal forma, en su espíritu, la nueva partitura representaba un logro absoluto. Tras una revisión que duró dos años, la sinfonía conoció un gran éxito en su estreno en Viena el 18 de diciembre de 1892 por la Wiener Philharmoniker bajo la batuta de Hans Richter. Las críticas la calificaron incluso de sinfonía de las sinfonías o cumbre de la sinfonía romántica.

 

Sinfonía nº 2 en Re mayor, Opus 43, de Jean Sibelius

La Segunda Sinfonía fue compuesta en Rapallo, Italia, en 1901. Fue estrenada en Helsinki, el 8 de marzo de 1902, en un concierto exclusivamente dedicado a la música de Sibelius, dirigido por el compositor. Ésta obra marca el final del primer período romántico de Sibelius, durante el cual el compositor sintió la fuerte influencia de Tchaikovsky. Sus procedimientos formales, basados en la fragmentación y la recombinación, encuentran su primera manifestación madura en esta sinfonía. Generalmente Sibelius está considerado como conservador entre los compositores de principios del siglo XX.

Es fácil comprender por qué se hizo acreedor de este rótulo, si comparamos su Segunda Sinfonía con algunas de las obras musicales de sus contemporáneos más abiertamente revolucionarios. Pero si comparamos la Segunda Sinfonía de Sibelius, de 1901, con la música escrita aproximadamente en esa misma época por esos mismos compositores, surge un cuadro totalmente distinto. Los procedimientos formales audazmente nuevos de Sibelius no tienen igual.

En el estilo de Sibelius, la fragmentación es la fuente de sus procedimientos formales originales. Una vez escribió: "Es como si el Todopoderoso hubiera arrojado trozos de un mosaico del piso del Cielo y me hubiera pedido que los armara." El primer movimiento de la Segunda Sinfonía constituye un ejemplo excelente de ello.

 

Sinfonía nº 10 en Mi menor, Opus 93, de Dmitri Shostakovich

La Sinfonía Nº 10 en Mi menor Op. 93 fue estrenada el 17 de diciembre de 1953. Después de las tres sinfonías de la guerra (7, 8 y 9), se produce un largo intervalo en la producción de este compositor. ¿El motivo? La censura del régimen de Stalin. La música de Shostakovich y otros compositores rusos como Prokofiev y Khachaturian, fue duramente criticada por las autoridades del Partido Comunista en una reunión de la Asociación de Compositores Soviéticos en 1948. Se les acusaba a éstos compositores de formalismo y abstracción en sus obras. Por tal motivo, después de la novena sinfonía, Shostakovich no volvió a componer otra, hasta la muerte de Stalin en Mayo de 1953.

Considerada por muchos como la mejor de todas las sinfonías de Shostakovich. Es una obra abstracta, de música pura, libre de interpretaciones políticas o sociales. A diferencia de las sinfonías anteriores, esta no tiene dedicatoria, ni tampoco obedece a encargos para conmemorar algún acontecimiento especial. Expresa toda la gama posible de emociones y sentimientos más íntimos del autor frente a los acontecimientos de su patria. En algunos momentos de desesperación surge el dolor y la angustia, en otros hay miedo y rabia, otros pasajes son de intenso lirismo y ternura, al final hay una explosión de alegría. Cada quien es libre de hacer interpretaciones de acuerdo a sus estados de ánimo y sus observaciones personales. Posee una gran fuerza interna en sus cuatro movimientos muy bien armonizada.